Cuando mi marido me contó su aventura titulada "Lanezimán contra las marujas del metro de Gran Via" me puse a reflexionar en cómo nosotras mismas las mujeres somos las que nos ponemos zancadillas en este tema de la igualdad de género. Que por cierto me parece muy oportuno abordarlo justo ahora que estamos en la Semana por la Igualdad, así pongo mi granito de arena.
Hay estadísticas que señalan que las mujeres ganan menos que los hombres (aunque esten realizando el mismo tipo de trabajo), las mujeres somos una minoría en puestos directivos o como representantes de gobierno. Pero también hay estadisticas que dicen que las mujeres no votamos por otras mujeres para puestos de representación popular; lo cual indica que no confiamos en las capacidades de personas de nuestro género.
Este sistema de creencias es muy dificil de erradicar porque nos han socializado así desde nuestra infancia. Crecimos en un ambiente donde las decisiones importantes las tomaba el padre, nuestra madre siempre nos decia: espera a ver que dice papá. Y es así como las niñas van introyectando que las mujeres necesitan estar bajo la sombra de un hombre, y los niños van tomando conciencia que las mujeres no debemos ser muy de fiar y que ellos están obligados a tomar las riendas por nosotras.
Pero lo más curioso es que puesto que las mujeres somos las que pasamos la mayor parte del tiempo con los hijos, en nuestras manos tenemos el cambiar las cosas. No soy una feminista empedernida y reconozco que físicamente hay cosas que no podemos hacer igual que los hombres, pero creo que mental e intelectualmente no hay límites. Las mujeres podemos llegar tan lejos como queramos, solo es cuestión de confianza. Pero hoy no quiero hablaros de nuestros derechos como mujeres, sino del derecho que tienen los hombres a ser iguales a nosotras.
Y yo digo, si los hombres son buenisimos programando el reproductor de DVD´s ¿porqué no van a entender el sencillo funcionamiento de la lavadora? Si lavan y enceran su coche hasta dejarlo como un espejo ¿porqué creemos que no van a ser capaces de lavar el baño, la cocina o el suelo, dejando las baldosas también como un espejito? Ellos pueden, y a veces hasta quieren hacerlo pero nosotras no los dejamos con el pretexto de que no lo hacen tan bien como nosotras, o no los dejamos hacer experimentos en la cocina porque sentimos que es nuestro espacio. ¿será un miedo inconsciente a perder nuestro sitio en la sociedad? Queremos ganar otros espacios pero no perder lo que ya tenemos?
En mi adolescencia tuve unos vecinos que para mí fueron unos pioneros. Tomaron la decisión de que él se quedaría en casa al cuidado de su hijo y las labores del hogar mientras ella salía a trabajar, puesto que ella tenía mejor preparación profesional, un mejor trabajo y como había empezado a trabajar muy joven, iba a alcanzar su jubilación a una edad temprana. Y cuando ella se jubiló, su hijo era ya un adolescente, ella se quedó en casa y hasta entonces empezó a trabajar el marido. Me acuerdo que eran muy criticados por todos por lo inusual de la situación, a él lo tachaban de mandilón, de poco hombre y hasta de mantenido. Pero a mí me parece una situación perfecta y estoy segura que su hijo fue un niño muy feliz por haber tenido siempre a uno de los dos en casa.
Es muy dificil luchar contra nuestras creencias, en el fondo no nos podemos quitar la idea de que la casa y los hijos son principalmente nuestra responsabilidad. Reconozco que muchas veces estoy aquí sentada tejiendo o leyendo mientras mi marido cocina y no acabo de sentirme cómoda; pero luego me pongo a pensar que él lo está disfrutando y no voy a quitarle ese gusto, no?
Hay una anécdota que no se si sea verdad o solo un chiste, que habla de que dos amigas ya entradas en años se encuentran y empiezan a ponerse al dia. Una de ellas pregunta: ¿y qué tal tus hijos? a lo que la otra responde: "Mi hija fenomenal, se casó y le tocó un marido muy majo, le ayuda con los niños, la casa y la cocina; en resumen la trata como a una princesa. En cambio mi hijo el pobrecillo tuvo una mala suerte, se casó con una bruja holgazana dizque liberada, así que a mi nene le toca ayudar en la casa y la cocina."
Pienso que ante todo debemos pararnos a pensar en nuestras motivaciones. Lo que hacemos en casa es por obligación, porque no nos queda de otra porque nos tocó ser mujeres; o lo hacemos porque nos gusta y porque es una forma de demostrar al otro que lo queremos.
Por ejemplo, yo sé que tejo porque me gusta y no por seguir ese anticuado rol femenino de que una buena ama de casa debe saber cocinar, coser y surcir calcetines. Y me gusta tejer y coser para mi marido, y que él se ponga lo que le hago y lo presuma ante todos sus amigos.
Y ésto es algo más de lo que podrá presumir este invierno:
No me refiero a los membrillos, sino a la bufanda que le tejí en la tablita azteca. Me encanta porque es reversible y por ser en doble hilo quedó super calientita.Así es como se vé por ambos lados. Está tejida en punto cruzado de doble vista






















